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Impactos de la pandemia en la universidad / Impactos da pandemia na universidade

José Tadeu Jorge

Profesor titular de la Universidad Estatal de Campinas, rector de la misma en los períodos 2005-2009 y 2013-2017.
Professor Titular da Universidade Estadual de Campinas (UNICAMP), Reitor de 2005-2009 e de 2013-2017.

 

Los últimos meses se han caracterizado por lo incierto, las preocupaciones y dudas que ha habido en todo el mundo. La pandemia provocada por el nuevo coronavirus alteró profundamente la vida cotidiana, modificó comportamientos e impuso nuevos hábitos. La sociedad se vio rehén de un enemigo invisible, desconocido y sorprendentemente agresivo.

Como es natural en el ser humano, tras el veloz impacto inicial fue necesario preparar una reacción. Nuestros gobernantes –muchos que ignoraban o criticaban la ciencia y a los investigadores– tuvieron que considerar, desde los conceptos científicos más simples, como “curvas epidemiológicas”, hasta los más modernos y complejos conceptos, como “secuenciación genética”, así como los protocolos de tratamiento para una enfermedad poco o nada conocida.

¡El efecto inmediato provocado por la nueva enfermedad fue transformar a los políticos! Frente a lo desconocido, aquellos que cuestionaban la necesidad de invertir en investigaciones, que cortaban recursos o disminuían créditos e incentivos destinados a la producción de conocimiento nuevo, fueron forzados por la realidad a revisar sus conceptos retrógradas y oscurantistas.

Con una enorme crisis social en el horizonte, la esencialidad de los estudios en el área de humanidades quedó patente y comprobada. En este aspecto, las universidades comenzaron a protagonizar la acción en el enfrentamiento contra la pandemia, dando relevancia a muchos temas: la elaboración de la vacuna, el desarrollo de medicamentos y pruebas eficientes, la comprensión efectiva de cómo actua el virus en el organismo y la mejor forma de combatirlo, los proyectos de equipamiento, las campañas educativas para la sociedad, la orientación para soportar el distanciamiento y confinamiento social, entre otros.

Así, parte significativa de las investigaciones en curso siguió sin mayores dificultades, aumentando las precauciones de seguridad y cuidado entre las personas involucradas. En algunas áreas, incluso fueron intensificadas gracias a la búsqueda de soluciones urgentes contra el virus y la enfermedad. Por otra parte es pertinente recordar que muchas universidades tienen hospitales propios o administrados por ellas, lo que las posiciona en la primera línea de atención a la población.

Cumplen, así, el papel social de transformar conocimiento en acciones que benefician a la sociedad. Por lo tanto, la avalancha de casos que caracteriza a una pandemia provocó trastornos, llevó al límite la capacidad de atender a los infectados, o incluso lo superó, pero transformó a las universidades, a través del área de salud, en protagonistas de la solución de la crisis que nos alcanzó.

Mientras tanto, ciertamente, la actividad más impactada por la epidemia fue la educación. Las medidas tomadas para limitar la propagación rápida del virus incluían evitar aglomeraciones de personas, lo que resultó en la suspensión de las actividades didácticas presenciales.

Enfrentar una pandemia de grandes proporciones no es algo que forme parte de la experiencia adquirida por los profesores y gestores universitarios. Y, mucho menos, aparece en los manuales de buenas prácticas de administración.

En general, la base pedagógica de la enseñanza en todos los niveles está fundamentada en actividades presenciales y, más que eso, en la relación e interacción directa “profesor-alumno”. De un momento a otro la realidad fue alterada y estos principios se vieron imposibilitados a llevarse a cabo en la práctica.

La “solución” obvia fue recurrir a las plataformas digitales y “autorizar” que las clases fueran impartidas a distancia, la relación “enseñanza-aprendizaje” comenzó a ser “mediada por la tecnología”.

Numerosas universidades imparten cursos a distancia, y es innegable que muchos de estos cursos son de buena calidad y permiten formar buenos profesionales, así como mantener los conocimientos actualizados para aquellos que ya se encuentran en el mercado laboral. Estos cursos son pensados, planeados y proyectados para ser impartidos de esta manera, además de ser perfeccionados en cada edición.

Estas mismas condiciones no se comprueban, en cambio, con los cursos impartidos presencialmente, preparados para obtener resultados a través de metodologías que exigen la participación conjunta de profesores y alumnos, lo que involucra grupos y actividades de prácticas continuas. En algunos días, o incluso semanas, no es posible “adaptar” una disciplina impartida de forma presencial desde hace años, o décadas, hacia una metodología mediada por tecnologías digitales. Tal medida, si el factor de la calidad tiene alguna importancia, llevaría meses o años. Y en algunos casos, la adaptación sugerida no será posible, si lo que se quiere es transmitir la consecuencia de la observación práctica o experimental.

Hay, sin embargo, dos aspectos relevantes que también deben ser considerados. En primer lugar, ¿están los profesores debidamente preparados para impartir clases “mediadas por tecnologias”? Y en segundo lugar, ¿todos los alumnos disponen de la estrutura informática necesaria para aprender a través de esta metodología?

La mayoría de los profesores experimentados, líderes en su área y coordinadores de grupos de investigación, probablemente tienen más de 50 años de edad, y nacieron y estudiaron antes de la existencia de las computadoras de uso personal. Muchos de ellos, con seguridad, adquirieron conocimientos de informática a lo largo de su carrera docente, pero, ¿sabrían transmitir sus enseñazas a través de las plataformas digitales? La respuesta más probable es que no. ¿Conseguirían asimilar el cambio en algunos días, o semanas? ¡No sería fácil! Incentivados a realizar sus cursos a distancia, ¿la calidad estaría comprometida? Sin duda. A pesar de que muchos profesores dominen las herramientas fundamentales para realizar actividades de enseñanza no presencial, buena parte del cuerpo docente no está preparado para proceder de esta manera.

Los alumnos, en cambio, que nacieron digitales y familiarizados con los beneficios de la informática y sus ramificaciones, no tendrán dificultades relevantes para aprender las disciplinas, o asistir a los cursos mediados por tecnologías. El hecho es que no todos disfrutan de las condiciones sociales adecuadas y, en consecuencia, no poseen computadoras, redes y accesos virtuales a todo lo necesario para seguir las clases que serán transmitidas a través del nuevo sistema.

En los países de América Latina, campeones de la exclusión social en el nivel superior, la situación podría propiciar un agravamiento de las condiciones terribles ya existentes, disminuyendo el acceso a una mejoría en la calidad de vida y contribuyendo a una distribución de ingresos aún peor.

Surgirán argumentos para decir que las “soluciones” son temporales y durarán tan sólo el tiempo necesario para superar la pandemia. Puede ser. Pero, ¿cuál es la justificación para, durante dos o tres meses, alterar radicalmente los paradigmas de la educación presencial?

Una respuesta objetiva es muy difícil. Adaptar el calendario académico para recuperar los dos o tres meses de clases presenciales interrumpidas sería una medida viable si se disminuyeran los futuros períodos vacacionales a lo largo de uno o, máximo, dos años. Esto representaría poco atraso en el cumplimento del objetivo que las universidades tienen con la sociedad de formar profesionales correctos y competentes.

Paradójicamente, en el momento en que el aislamiento lleva a la reflexión de que el mundo necesita reducir la velocidad vertiginosa con la que opera, revisar los conceptos de los sistemas económicos vigentes, y valorar la convivencia armoniosa de los seres que habitan el planeta, las universidades “resuelven” que no pueden parar sus actividades de enseñanza. Tal resolución da la impresión de que las instituciones de nivel superior entienden que el ritmo de operación necesita ser mantenido, que la economía necesita ser alimentada con profesionales que nunca paren, y que la convivencia humana no es imprescindible para formar buenos profesionales.

¿No sería más razonable aprovechar estos meses de distanciamento social y aislamiento para proponer a los alumnos que busquen información sobre cómo la epidemia y sus consecuencias están impactando sus futuras áreas profesionales? ¿Que analicen posibles alternativas para superar estos impactos? ¿Que reflexionen al respecto de los cambios que podrían ocurrir en la sociedad y que, en consecuencia, alterarían los paradigmas de las profesiones que escogieron?

No son las actividades canónicas de los programas curriculares, pero mucho contribuirían a formar ciudadanos, aún más conscientes del papel social que desempeñarán en el futuro, y profesionales mejor preparados para la realidad que encontrarán en el mercado laboral. Una oportunidad, tal vez única, de complementar las enyesadas redes curriculares de los cursos a nivel superior con visiones adecuadas sobre el mundo en el que vivimos, con respecto de acciones posibles para tornarlo mejor.

Cabe analizar también una cuestión importante: ¿el sistema educativo anterior a la universidad consigue cumplir con el calendario y formar a sus estudiantes para ingresar a nivel superior en el momento previsto? Los colégios [la educación básica] también están con las clases suspendidas, y, principalmente las escuelas públicas, no poseen las condiciones mínimas para impartir el contenido necesario mediado por la tecnología. Así, es probable que las instituciones de nivel superior adelanten el inicio de las actividades académicas del próximo año para esperar a los graduados del nivel medio superior.

En estos tiempos de pandemia ha sido común escuchar que el mundo no volverá a ser el mismo cuando todo termine. Es correcto, pero, ¡hace mucho tiempo que el mundo del día siguiente no es como el del día anterior! La gran rapidez con la que evolucionó el conocimiento es reconocida desde hace años. El ser humano se fue adaptando, involucrado en el día a día, acelerado por las actividades en las cuales estaba envuelto comenzó a creer que para todas las dificultades hay soluciones inmediatas o muy rápidas. En general, al alcance de una solicitud online y de un sistema de pronta entrega. No siempre es así. Delante de lo desconocido, la ciencia necesita tiempo, por más que las computadoras sean rápidas y exactas. Por más que la tecnología pueda acelerar los resultados.

En su debido momento, en el tiempo de la ciencia, una vacuna estará lista, medicamentos estarán disponibles y terapias eficientes serán empleadas. La realidad que se vive hoy servirá de base para entender mejor cómo ocurrió todo. Reflexión de fundamental importancia, pues hay centenas de millones de virus detectados en animales y, entre ellos, centenas de coronas.

Y sí, el mundo no será el mismo.

Ciertamente las plataformas digitales ganarán espacio en lo cotidiano de las personas para incontables actividades, incluso, y de manera muy significativa, en el sistema educativo. Pero, ¿cuál sorpresa? ¿Alguien imaginó que esto no pasaría sin la crisis provocada por la pandemia? Solamente está ocurriendo más pronto de lo que se esperaba.

De esta forma, existe la necesidad de acciones institucionales que propicien la reflexión y el debate acerca de la metodología de enseñanza mediada por tecnologías, así como que se estimule a los profesores a adaptar los contenidos de sus disciplinas de manera que la calidad sea preservada.

Es importante que se busque conocer los límites, con el conocimiento disponible en el momento, de lo que se puede transmitir a través de actividades no presenciales. Y, también, definir los conocimientos que exigen la presencia de los alumnos en salones de clase, laboratorios, trabajos de campo y prácticas.

Otra manifestación común en los tiempos actuales es que todo va pasar. Sí, con seguridad. Mientras tanto, el cuestionamiento correcto es si el episodio vivido habrá sido aprovechado para correcciones, perfeccionamientos y, principalmente contribuciones positivas, ¿o simplemente para lamentar la oportunidad perdida?

 

 

 

Os últimos meses têm sido de incertezas, preocupações e dúvidas em todas as partes do mundo. A pandemia provocada pelo novo coronavírus alterou profundamente a vida cotidiana, modificou comportamentos e impôs novos hábitos. A sociedade viu-se refém de um inimigo invisível, desconhecido e surpreendentemente agressivo.

Como é natural do ser humano, passado o rápido momento de impacto inicial, foi necessário organizar a reação. Nossos governantes, muitos dos quais ignoravam ou criticavam a ciência e os pesquisadores, tiveram que considerar desde os conceitos científicos mais simples, como curvas epidemiológicas, até os mais modernos e complexos, como sequenciamento genético e protocolos de tratamento de uma doença pouco, ou nada, conhecida.

O efeito mais imediato provocado pela nova doença foi transformar políticos! Diante do desconhecido, aqueles que questionavam a necessidade de investimentos em pesquisas, cortavam recursos e diminuíam créditos e incentivos destinados à produção do conhecimento novo, foram forçados pela realidade a rever seus conceitos retrógrados e obscurantistas. Com uma enorme crise social no horizonte, a essencialidade dos estudos na área de humanidades ficou patente e comprovada.

Nesse aspecto as universidades passaram a ser protagonistas das ações de enfrentamento à pandemia, liderando muitos temas: elaboração de vacina, desenvolvimento de medicamentos e testes de eficácia, efetiva compreensão de como o vírus atua no organismo e a melhor forma de combatê-lo, projetos de equipamentos, campanhas educativas para a sociedade, orientações para suportar o distanciamento e confinamento social e outros.

Assim, parte significativa das pesquisas em andamento prosseguiu sem grandes problemas, aumentando-se as precauções com segurança e cuidados com as pessoas envolvidas. Em algumas áreas, até mesmo foram intensificadas, na busca por soluções urgentes e inadiáveis no enfrentamento ao vírus e à doença.

Além disso, é adequado lembrar que muitas universidades têm hospitais próprios ou administrados por elas, posicionando-se na linha de frente do atendimento a população. Cumprem, assim, o seu papel social de transformar conhecimento em ações que beneficiam a sociedade. Dessa maneira, a avalanche de casos que caracteriza uma pandemia provocou transtornos, levou a capacidade de atender os infectados ao limite, ou acima dele, mas transformou as universidades, através das suas áreas da saúde, em protagonistas da solução para a crise que se instalou.

Entretanto, certamente, a atividade mais impactada pela epidemia foi o ensino.

As medidas necessárias para limitar a propagação mais rápida do vírus incluíam evitar aglomerações de pessoas, o que resultou em suspender as atividades didáticas presenciais.

Enfrentar uma pandemia de grandes proporções não é algo que faça parte da experiência adquirida por professores e gestores universitários. E, muito menos, consta dos manuais de boas práticas de administração.

Em geral, a base pedagógica do ensino em todos os níveis está fundamentada em atividades presenciais e, mais do que isso, na relação direta e interação professor-aluno. De uma hora para outra, a realidade foi alterada e esses princípios estavam impossibilitados de se verificarem na prática.

A “solução” óbvia foi recorrer às estruturas digitais e “autorizar” que as aulas fossem ministradas a distância, com a relação ensino-aprendizagem sendo “mediada por tecnologias”.

Várias universidades ministram cursos a distância e é inegável que muitos deles são de muito boa qualidade e permitem formar bons profissionais ou manter os conhecimentos atualizados para aqueles que já atuam no mercado de trabalho. Acontece que esses cursos são pensados, planejados e projetados para serem ministrados dessa maneira, além de receberem aperfeiçoamentos a cada edição.

Essas mesmas condições não se verificam, entretanto, com os cursos ministrados presencialmente, preparados para obterem resultados através de metodologias que exigem a participação conjunta de professores e alunos, envolvendo muitas vezes grupos e atividades práticas. Em alguns dias, ou mesmo semanas, não é possível “adaptar” uma disciplina ministrada há anos ou décadas de forma presencial para uma metodologia mediada por tecnologias digitais. Tal providência, se o fator qualidade tiver alguma importância, levará meses ou anos. E em alguns casos, a adaptação sugerida nem mesmo será possível, caso o que se queira transmitir seja decorrente de observação prática ou experimental.

Há, ainda, mais dois aspectos relevantes que devem ser considerados. Primeiro, estão todos os professores devidamente preparados para ministrarem aulas “mediadas por tecnologias”? Segundo, todos os alunos dispõem da estrutura de informática necessária para aprender através dessa metodologia?

 A maioria dos professores experientes, líderes em suas áreas, coordenadores de grupos de pesquisa, provavelmente, estão com mais de 50 anos de idade. Nasceram e estudaram antes da existência dos computadores de uso pessoal. Vários, com certeza, adquiriram conhecimentos de informática ao longo da sua atuação docente, mas saberiam transmitir seus ensinamentos através das mídias digitais? A resposta mais provável é não. Conseguiriam assimilar a mudança em alguns dias ou semanas? Não seria fácil! Induzidos a realizar seus cursos a distância, a qualidade seria comprometida? Sem dúvida, sim. Embora muitos professores dominem as ações fundamentais para realizar atividades de ensino não presenciais, boa parte do corpo docente não está preparada para proceder dessa maneira.

No que diz respeito aos alunos, já nasceram digitais, familiarizados com os benefícios da informática e suas ramificações, não terão dificuldades relevantes para acompanhar disciplinas e cursos mediados por tecnologias. Ocorre que nem todos desfrutam de condições sociais adequadas e, por consequência, não possuem computadores, redes e acessos virtuais a tudo que se faz necessário para acompanhar os ensinamentos que serão transmitidos pela nova sistemática. Nos países da América Latina, campeões em exclusão social no ensino superior, a situação poderá propiciar um agravamento das condições ruins já existentes, diminuindo o acesso à melhoria da qualidade de vida e contribuindo para uma distribuição de renda ainda pior.

  Surgirão argumentos no sentido de dizer que as “soluções” são temporárias e durarão apenas o tempo necessário para superar a pandemia. Pode ser. Mas, qual a justificativa para, durante dois ou três meses, alterar radicalmente os paradigmas da educação presencial?

Uma resposta objetiva é muito difícil. Adaptar o calendário acadêmico para recuperar dois ou três meses de interrupção de aulas presenciais seria uma providência viável, diminuindo os períodos de férias futuros ao longo de um ou, no máximo, dois anos. Pouco atraso isso representaria no cumprimento do objetivo que as universidades têm com a sociedade de formar os profissionais adequados e competentes.

Paradoxalmente, no momento em que o isolamento leva à reflexão de que o mundo necessita mesmo reduzir a velocidade vertiginosa com que opera, rever os conceitos dos sistemas econômicos vigentes e valorizar a convivência harmoniosa dos seres que habitam o planeta, as universidades “resolvem” que não podem parar suas atividades de ensino. Tal resolução passa a impressão de que as instituições de ensino superior entendem que o ritmo de operação precisa ser mantido, de que a economia precisa ser alimentada com profissionais que nunca param e de que o convívio humano não é imprescindível para formar bons profissionais.

Não seria mais razoável aproveitar esses meses de distanciamento social e isolamento para propor aos alunos que buscassem informações sobre como a epidemia e suas consequências estão impactando suas futuras áreas profissionais? Que analisassem possíveis alternativas para superar esses impactos? Que refletissem a respeito das mudanças que poderão ocorrer na sociedade e que, por consequência, alterariam os paradigmas das profissões que escolheram? Não são atividades canônicas dos programas curriculares, mas muito contribuiriam para formar cidadãos ainda mais conscientes do papel social que desempenharão no futuro e profissionais melhor preparados para a realidade que encontrarão no mercado de trabalho. Uma oportunidade, talvez única, de complementar as engessadas grades curriculares dos cursos de nível superior com visões adequadas sobre o mundo em que vivemos e a respeito de ações possíveis para torná-lo melhor.

Cabe analisar, também, uma questão importante. A etapa do sistema educacional anterior à universidade conseguirá cumprir o calendário original e formar seus estudantes para que ingressem nos cursos de nível superior no momento previsto? Os colégios também estão com as aulas suspensas e, principalmente as escolas públicas, não possuem as condições mínimas para ministrar os conteúdos necessários através de métodos mediados por tecnologias. Assim, é provável que as instituições de ensino superior tenham que adiar o início das atividades acadêmicas do próximo ano para esperar os concluintes do ensino médio.

Nesses tempos de pandemia tem sido comum ouvir que o mundo não será mais o mesmo depois que tudo passar. Correto, mas há muito tempo que o mundo do dia seguinte não é mais igual ao do dia anterior! A enorme rapidez com que o conhecimento evolui é reconhecida há anos. O ser humano foi adaptando-se, envolvido pelo dia a dia acelerado em todas as atividades nas quais está envolvido, e passou a achar que para todas as dificuldades há soluções imediatas ou muito rápidas. Em geral, ao alcance de uma solicitação on-line e de um sistema de pronta entrega. Nem sempre é assim. Diante do desconhecido, a ciência necessita de tempo, por mais que os computadores sejam rápidos e precisos. Por mais que as tecnologias possam acelerar os resultados.

No devido tempo, o tempo da ciência, uma vacina estará pronta, medicamentos estarão disponíveis e terapias eficazes serão empregadas. A realidade que se vive hoje servirá de base para entender melhor como tudo ocorreu, algo de fundamental importância, pois há centenas de milhares de vírus já detectados em animais e, entre eles, centenas de coronas.

E, sim, o mundo não será o mesmo.

Certamente, as plataformas digitais ganharão espaço no cotidiano das pessoas para inúmeras atividades, inclusive, e de maneira muito significativa, no sistema educacional. Mas, qual a surpresa? Alguém imagina que isso não aconteceria sem a crise provocada pela pandemia? Apenas ocorrerá mais rapidamente do que se esperava.

Dessa forma, há necessidade de ações institucionais que propiciem a reflexão e o debate sobre metodologias de ensino mediadas por tecnologias, assim como estimulem os professores a adaptarem os conteúdos das disciplinas de maneira que a qualidade seja preservada. Importante que se busque conhecer os limites, com o conhecimento disponível no momento, do que se pode transmitir através de atividades não presenciais. E, também, definir os conhecimentos que exigem a presença dos alunos em salas de aula, laboratórios, trabalhos de campo e práticas.

Outra manifestação comum nos dias atuais é de que tudo vai passar. Sim, com certeza. Entretanto, o questionamento correto é se o episódio vivido terá sido aproveitado para correções, aperfeiçoamentos e, principalmente contribuições positivas. Ou para lamentar a oportunidade perdida?