Close
Skip to content

Espacio CELAC

¿Qué futuro se vislumbra después de la COVID-19?

Henry Mora Jiménez

Este breve texto no es un ensayo de futurología. Y no lo es, porque sólo busca proyectar algunas de las tendencias que ya están en curso en ciertas áreas de la economía, el trabajo, las nuevas tecnologías, y la salud pública, entre otras; siendo previsible que las mismas se acentúen en los próximos años, pero con más fuerza y rapidez de lo previsto.

Partimos de una constatación histórica: las grandes revoluciones (neolítica, industrial), la caída de grandes imperios (Romano, Azteca, etc.), las grandes guerras (I y II Guerra Mundial) y las grandes pandemias (viruela, peste bubónica, gripe española, etc.); suelen provocar, precipitar o acelerar grandes cambios sociales, tecnológicos, económicos y políticos.

También partimos de una hipótesis razonable: en la próxima década, el temor a la aparición de nuevos y letales virus que puedan afectar a la población humana, junto con las preocupaciones por el calentamiento global y sus graves consecuencias en los ecosistemas y en la salud humana, obligarán a aquellos países que no quieran verse arrastrados hacia crisis humanitarias de enormes proporciones, a realizar ingentes inversiones en salud, ciencia y tecnología, y en educación y formación de altísimo nivel. Pero esto puede ser congruente o no, con una apuesta por la radical disminución de las desigualdades que, sin embargo, vemos acentuarse. Algunas sociedades optarán por servicios de salud universales y más igualitarios, pero otras podrían decidirse por servicios avanzados de salud mercantilizados y, consecuentemente, solo para las minorías dominantes.

En materia de empleo, el teletrabajo y las comunicaciones a distancia avanzarán a paso acelerado, tal como ya está ocurriendo en medio de la presente crisis. Esta menor movilidad tendrá efectos importantes en la industria de la construcción de oficinas, en el transporte público y privado y en la distribución a domicilio de bienes y servicios, entre otras actividades. Estos cambios pueden parecer positivos, pero una gran amenaza aparece junto con ellos: una mayor precarización del trabajo de los nuevos asalariados, el “proletariado digital”, tal como ya lo estamos viendo en empresas como Amazon y Uber, en la que sus trabajadores se organizan frente a sus extenuantes jornadas de trabajo o sus deplorables condiciones laborales. Esta precarización del “proletariado digital” y de los trabajos de distribución (“colaborativos”), será una seria amenaza contra el estatus de las clases medias, tal como las conocimos en el siglo XX; y se sumaría a la creciente sustitución de los trabajos susceptibles de ser automatizados y a la crisis de los cuidados. Es el debate sobre “futuro del trabajo”, que ya nos ha alcanzado.

El distanciamiento físico y social que, en mayor o menor medida se mantendrá activado por largo tiempo (según aparezcan nuevos rebrotes, oleadas o cepas del SARS-CoV-2 u otros virus), incidirá en menores desplazamientos y posiblemente también en un menor dinamismo demográfico, objetivo de quienes postulan que es urgente reducir el tamaño de la población mundial. También aumentarán a un ritmo exponencial las compras on line y la educación virtual, lo que afectará las formas de interacción social y la organización de las ciudades. Podemos tener ciudades más planificadas y hasta más “inteligentes”, pero seguramente también más controladas e inseguras.

Un cambio que afectará severamente a varios países latinoamericanos es la caída del turismo internacional y, en general, de los viajes internacionales. El impasse tecnológico en tecnologías de video conferencias e infocomunicaciones desde la aparición de Skype, se ha visto rebasado repentina y abruptamente con la aparición de diversas plataformas tecnológicas de comunicación a distancia, lo que hace prever una drástica reducción en los viajes internacionales, al tiempo que el turismo masivo difícilmente se podrá recuperar a los niveles de antes de la crisis. Pero esto crea nuevas oportunidades para el turismo local, los circuitos locales, los intercambios solidarios y la diversificación de la matriz productiva, con más rapidez e intensidad de lo previsto, y más allá de los inseguros cambios en la demanda de combustibles fósiles y de otros recursos naturales a nivel mundial.

Esta crisis ha puesto al descubierto la mayor o menor incapacidad de los gobiernos en responder a amenazas que la población considera de muy grave impacto en sus vidas, por lo que es previsible un mayor grado de conciencia crítica y movilización en contra de los gobiernos incapaces de gestionar el Estado, la economía y la salud pública. Sin embargo, los países asiáticos, con China a la cabeza, muestran la posible vuelta hacia un mundo más controlado y un nuevo ascenso de tecnócratas y autocracias ilustradas, que ahora contarán con tecnologías de acceso universal que harán posible rastrear a gran escala compras, pagos (o evasión) de impuestos, movimientos geográficos, opiniones y simpatías políticas de los ciudadanos, etc. Así, las demandas democráticas estarán aun más en el orden del día.

La globalización neoliberal posiblemente se fragmente en grandes áreas económicas, como la norteamericana, la asiática y la europea. En el caso de los Estados Unidos, este país (imperio en decadencia), volverá a tratar al resto de América como su patio trasero y pretenderá recuperar las influencias perdidas frente al avance de China y Rusia en Latinoamérica. La integración política y económica de la región, tan maltrecha en la última década, pasará a ser una urgencia vital si queremos impedir el regreso de las “Banana Republics” por toda la región.  

La fe en el “libre mercado” se ha resquebrajado considerablemente, por lo que veremos un nuevo acenso de la planificación estatal, especialmente en campos como la salud, la educación, la agricultura y las energías, en concordancia con la lucha contra el cambio climático. Este mayor estatismo, como señalamos antes, puede conducir hacia un mayor control social y regímenes más autocráticos, por lo que se hará necesario el impulso de innovaciones sociales y de prácticas democráticas que contrarresten esta tendencia. Un Estado “más fuerte” frente al mercado desenfrenado no es algo bueno de por sí, ya que bien puede tratarse de un Estado más democrático o, más autoritario.

Pareciera también que el fin del dinero “cash” se aproxima. Rusia y China lo ven como parte de su estrategia para quebrar la hegemonía del dólar, que le da a Estados Unidos poderes inauditos y posibilidades de intimidación y chantaje sobre el resto del mundo, especialmente a partir de la instalación del petrodólar. Pero es también una tendencia del capitalismo: reducir los costos de circulación asociados a la existencia de monedas mercancía, primero, y dinero fiduciario después. El poder de los grandes bancos comerciales y de inversión buscará redefinirse siguiendo la tendencia de las cripto monedas, y la “independencia” de los bancos centrales y su excesivo énfasis en la estabilidad monetaria ya está siendo cuestionado.

No parece que estemos a las puertas del fin del capitalismo. Mas bien, este buscará adaptarse a los cambios políticos, sociales y tecnológicos, aumentando sus poderes de control sobre los nuevos medios de producción y las nuevas formas de coordinación, integración y dominación social. Pero opciones post capitalistas también podrían surgir, dado el nuevo rol del Estado, la irrupción ciudadana, la fragmentación de la economía global, el posible mayor control sobre las grandes empresas transnacionales (aunque sea solo en materia tributaria), ya que las nuevas funciones estatales requerirán de mayores impuestos para financiarse. Lo que sí podría llegar a su fin, al menos en términos históricos, es el capitalismo neoliberal y financiarizado que ha llevado a muchos países a un sobreendeudamiento extremo e insostenible.

Por último, la lucha hegemónica mundial traerá posiblemente el fin del “siglo americano”, del dominio de los Estados Unidos como gendarme mundial, y el consecuente ascenso de China y Rusia, que ya es evidente. Las grandes crisis mundiales son como movimientos tectónicos en la geoeconomía y la geopolítica mundiales.

En definitiva, el mundo que esperábamos para la segunda mitad de este siglo se adelantará un par de décadas. Será un mundo muy diferente, aunque no podemos prever si será un mundo mejor o peor. Eso dependerá de cómo se desarrollen las distintas narrativas de “salida y recuperación de la crisis”, de las tensiones y contradicciones asociadas, de las innovaciones tecnológicas y sociales que surjan a nivel local, nacional, regional y mundial. En fin, del resultado de la batalla de ideas y poderes, donde la Transformación social-ecológica tiene una gran oportunidad para posicionarse y orientar los cambios necesarios por “otro mundo posible (y mejor)”.