Presentación
Universidades Año 5 - No. 18 | No. 71

El conocimiento, que hace de las universidades componentes activos de un complejo referencial en su universalidad y su singularidad crítica, ha impulsado a la revista Universidades para ser bastidor de reflexiones de los universitarios sobre las prácticas de su época, formas estructuradas de conocimiento y emplazamiento crítico.

En este número, dedicado a la hermenéutica como ejercicio de libertad y conocimiento, queremos penetrar en el saber de los universitarios: hacer de sus reflexiones un vertedero de ideas que nos recuerden la importancia de los intelectuales de nuestras instituciones, la relevancia de sus experiencias pedagógicas e intuiciones discursivas, que dan contenido a la vida universitaria en un período convulso, desquiciante, donde el conocimiento es imperativo y la especulación acerca del futuro se convierte en una necesidad de reinterpretación y reconstitución de utopías humanizadas.

Los trabajos que se reúnen, a razón del reconocimiento a la trayectoria académica de Mariflor Aguilar en la Universidad Nacional Autónoma de México, son ocasión para ampliar el radio de la reflexión de sus colegas hacia un ámbito latinoamericano. Se trata de temas que sacuden nuestra conciencia: ¿es posible acercarse a la paz en la tolerancia a la diferencia? ¿Es la escucha entre opuestos la praxis legítima de una nueva convivencialidad civilizadora de nuestras violencias cotidianas? Son preguntas que nacen de la reflexión de Dora Elvira García sobre la obra de Aguilar. La “escucha”, como categoría de la voluntad y el reconocimiento en el otro, es propiciatoria de una reconstitución de la convivencialidad que le urge a un territorio en disputa, a un mundo de violencias irreparables: el pensamiento universitario abona la búsqueda de esa permisividad que nos garantice existir en la alteridad.

Siendo el momento actual de la convivencialidad un doloroso trance de violencias cotidianas, atrocidades planetarias, vaciamiento moral frente al crimen, deconstrucción de certidumbres y “chatarrización” humana, la fortaleza de una reflexión renovada, como la referida a Mariflor Aguilar, narrada por María Eugenia Borsani, nos invitar a hacer de la filosofía un ejercicio de “fajina” en lo cotidiano, de comprensión y crítica de nuestra época, de anclaje filosófico a una disposición para devolverla a sus amarres al mundo.

Y allí es donde el seguimiento del debate sobre “malos sujetos”, que interpone Mariflor a la noción de “interpelación” de los aparatos ideológicos del Estado, cobra actualidad. Como lo señala Laura Echavarría en su reconstrucción: estamos frente a un derrumbe del encausto político de regímenes depreciados, incompetentes, repulsivos.

Gracias a estas aproximaciones a la obra de Aguilar, sus palabras limpias y penetrantes cobran relevancia en la entrevista, en tanto diálogo, para remitirnos a una reflexión vívida de nuestra estupefacción epocal, pero también para recuperar la fuerza de la filosofía como “la memoria de otras formas de vida, de otros sueños, cumplidos o no, para traerlos al presente como guía, como quiere (Walter) Benjamin”.

Este número es testimonio de la acción de la capacidad reflexiva de un filosofar desde Latinoamérica, a la vez que personal y generacional, con rigor y creatividad que resignifican el lugar de la observación académica, la viveza de pensar el mundo desde la condición universal del universitario.

Pero si la textualidad de la producción teórica conviene a nuestra época, el relato crítico desde la plástica nos recuerda que la narrativa visual puede recobrar una fuerza reflexiva semejante. La pintura del artista jalisciense, Sergio Garval, ensambla en la aseveración de la textualidad filosófica del número con una puntualidad asombrosa: su lectura posapocalíptica, minuciosamente descrita en rostros inermes, pero expresivos de un desencanto, aglomerados en una colina de devastación cultural que encuadra a sujetos desencajados, embebidos en sus vicios y hartazgos, extraviados en su nebulosa perspectiva del futuro, con los jirones del derrumbe civilizatorio en sus cuerpos. Es una estética de la crueldad revestida de íconos de épocas crepusculares, como acierta en anotar Jorge Pech en su espléndida crítica, porque lo que tenemos frente a nuestros ojos es una re-lectura de un naufragio epocal.

Y es aquí donde acude a nosotros la expresión de Rancière, cuando habla de poner en la tela “cuerpos que hablan y actúan”, como los que nos muestra Garval, ya que el “vínculo de la pintura con la tercera dimensión es un lazo de la pintura con la potencia poética de las palabras y las fábulas” 1

Por último, en la sección de documentos, Analhi Aguirre nos recuerda el cruce de emociones y valores que Tlatelolco tiene para los universitarios, un escenario inerte de tres órdenes civilizatorios: el antiguo aposento de la diversidad de un mercado prehispánico, la cristianización de las élites indígenas y el modelo de modernidad racionalista; son paredes en las que retumban las voces de estudiantes creyentes en la utopía, la democracia y los derechos, silenciados por la conjura y los disparos de un poder aterrado y aterrador.

Tlatelolco es hoy, también, un ámbito universitario a partir de su Centro Cultural en la otrora cancillería y nueva sede de la Secretaría General de la UDUAL. Los papeles de nuestro archivo, como testificadores de la trayectoria de la Unión, nos revelan que hay un asidero para nosotros en la remembranza de este sitial de la Memoria.

Antonio Ibarra
Director

Plástica Universidades No. 71

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