
| En México, escribiendo como obseso una de las mejores poesías que esté haciendo nuestra comunidad fuera de la isla, se encuentra Yoel Mesa Falcón, un hombre que nació en Manzanillo, el Manzanillo que está en el sur de la región oriental de Cuba; una ciudad que fue en las primeras décadas del siglo XX ilustre plaza cultural. Allí hubo en diferentes momentos de la historia movimientos y grupos literarios que dejaron su huella en la cultura nacional. Se publicó en aquella ciudad Orto, una de las mejores revistas que registra la historia de las publicaciones literarias de la isla. (Lástima que ya no aparecen las deliciosas lisetas que tanto deleitaban a los visitantes). De allá es Yoel Mesa, quien estudió la carrera de letras en la Universidad de Oriente y que se pasa la vida buscando libretitas pequeñas que trae hundidas en su mochila y saca constantemente para hacer anotaciones que horas más tarde se convertirán en hermosos poemas. Solitario, la mayor parte su vida, porque solo vive desde que dejó a Manzanillo hace cerca de quince años, pero amigo de las fiestas, del buen ron y de las vacaciones periódicas en Cancún, este poeta que empezó escribiendo una lírica de corte místico, pero contundente y hermosa, ha ido diversificando su predilección y ahora, tan pronto se aparece con un poema simbólico, un tanto parnasiano, como con una proposición erótica; cantos de amor, donde se observa un lirismo desbordante y fecundo, de metáforas originales, lúcidas y singularmente sugerentes. |
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A Yoel Mesa una vez un jurado en Cuba le otorgó el premio David, que convocaba o convoca la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) para los escritores jóvenes. Por razones extraliterarias fue revocada la decisión del jurado, pero algunos años más tarde le concedieron el premio de poesía más importante que se otorga en Cuba, el "Julián del Casal" de la propia UNEAC. |
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A LOS LINOTIPISTAS DE LA ETERNIDAD
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Todo lo que el mundo ha sido en mí no será más que una pálida página en las manos de un lector que no conozco ni amo. No sé de qué tristezas se pueblan los árboles de sus ojos. No sé de qué rincones está hecha su memoria. Mas pueda que yo sea en él deslumbramiento, atisbo de su propio yo: yo, este poema, fecundidad de un yo que no ha nacido. Y cuando sus manos me sitúen de pie en el estante a soportar la noche, la que ya nunca podrá ser mía existiré en la blanca, inmaculada, hoja de un libro. Y todos los atardeceres que no supe adentrar en los signos, todo lo amado que sólo a medias cobró vida en la letra, ¿dónde, en qué recodo del olvido quedará? Habrá de vivir; todo vivirá: lo escrito y lo escrito, lo vivido y lo vivido: la vida toda. Si no vive la vida, no vivirá el poema; no tendría sentido esta aventura en pos de un vivir capaz de expresar la vida. En las altas cornisas de la Eternidad está cantando este minuto. |
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Tal poema, que me condujo a hacer el único robo literario que creo consta en mi expediente, sólo puede ser escrito por un poeta de alturas. Sin embargo, es un viejo poema, de su etapa todavía juvenil, de cuando su obra estaba cargada de símbolos e incluso alusiones místicas. Por cierto que el poema se convierte en símbolo en sí mismo, porque está dedicado a los linotipistas, esos personajes tan queridos, tan importantes en la historia de las letras y que ahora la tecnología ha llevado a los archivos y los museos. Yoel Mesa, cuando quiso, cuando su musa poética decidió vengarse de los que le habían censurado, concursó con El día pródigo, ya no hubo remedio y le dieron el premio. Era por aquellos días consagratorio el Julián del Casal, pero Yoel, después de recibir el cheque, para entonces significativo, se fue a Manzanillo, invitó algunas copas, donde yo no estuve, comió pizzas cubanas hasta el cansancio y se quedó como siempre; haciendo apuntes en La Habana y sin dinero. No crean los lectores que el párrafo anterior, por el tono elegiaco, significa que se ha muerto; ahora tiene más vida que nunca, puede que el universo lo haya iluminado para que, en consecuencia, compre libretas a su antojo y se pase la vida haciendo apuntes para luego decir los "versos más bellos cada día". El día pródigo es el título del poemario con que ganó el premio "Julián del Casal". Después entre poemarios publicados y los inéditos que esperan por editores sensibles, que por cierto cada día son menos, Yoel cuenta con una obra que apenas cabe en sus gavetas y estantes. Pero las editoriales, por lo regular, ya "no creen en lágrimas", ya poco les importa la buena literatura, andan detrás de los libros de astrología, tarot y otras "profundidades de ese tipo". Por suerte, siempre quedan lugares donde se mira con ojos sensibles hacia la creación. El mejor libro de Yoel, de los conocidos hasta ahora, acaba de ser publicado por la serie José Yurrieta Valdés, de la editorial La tinta del Alcatraz, en la Universidad Autónoma de Toluca. Este poemario que tiene el título de Todo el afán fue cuidadosamente elaborada, obra del rigor y los años, donde no es difícil percibir la presencia de un poeta mayor. Yoel Mesa Falcón es otra de esas figuras singulares e importantes que forman parte de la presencia cubana en México. |
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